Cuando ingresamos al seminario, existía una gran diferencia entre los estudiantes de clases acomodadas, que venían todos de una institución privada y otros, que llegábamos de distintas escuelas públicas. Como era normal, las escuelas públicas, el deporte callejero y otras cosas más, nos habían hecho buenos deportistas distintos a otros, con diferentes oportunidades.
Entonces, iniciaban los partidos y se juntaban todos los que venían del mismo colegio privado. El resto de los sobrevivientes, nos juntábamos por inercia, constituyendo el resto del mundo. Los partidos eran divertidos, en los juegos los primeros que venían del mismo colegio, se llamaban por el nombre, habían crecido juntos, tenían simpatía por sus compañeros etc. Los demás, veníamos de escuelas diversas, no teníamos en común, nada más que el deseo de jugar , de competir etc. Éramos buenos jugadores, ágiles, capaces, resistentes etc.
Las goleadas contra los del grupo de estudiantes provenientes del colegio privado, eran impresionantes, continuas etc. Hasta que un día, no soportaron más perder y decidieron mezclarse con los niños de escasos recursos. Todo fue cambiando poco a poco, para diversión y tranquilidad de todos. Pero los que estaban acostumbrando a perder, comenzaban a ganar, a triunfar mezclados con buenos jugadores. Pero lógicamente les dolía perder.
En alguna ocasión uno de los niños anotó un gol y fue a cantarlo al rostro del arquero vencido, así que el arquero se quitó los guantes y comenzó la persecución del goleador para desaparecerlo de la faz de la tierra, a lo cual el jugador desapareció como un rayo, hasta que todo volviera a la normalidad y a la calma. Cosa de niños.
Jesús Hernando Camacho Mosquera.