Una de las cosas más habituales de nuestros compañeros de estudio, era realizar bromas con toda la picardía que podríamos lograr. Algunas de ellas, se daban mientras esperábamos el bus que nos conduciría al colegio seminario, donde toda la vida posible pasaba de una manera agradable, llena de aprendizajes, aventuras etc.
Pero mientras llegaba el bus, era ocasión para pasar por las tiendas, donde las golosinas y panderitos, eran la exquisitez de los jóvenes. Mientras s llegaba la hora del bus, uno de los compañeros decidió ir a comprar algo de dulces para acompañar la tarde. Cuando entró a la tienda, descubrió que el anciano vendedor, con una cabeza bien redonda, típica en el propietario del lugar, daba la espalda a la vitrina. Ocasión para grandes tentaciones.
Aprovechando la espalda del vendedor le dijo con voz de adulto: "Arriba las manos, es un atraco". El vendedor, pálido, asustado y obediente levantó sus manos para conservar la vida, delante del insuceso que creía había tocado con tan mala suerte a su negocio. El silencio se prolongaba y el dicho asaltador, no hablaba, sino que conservaba un gran silencio. Así que como un milagro, le llamó por el nombre y le dijo que tranquilo que era solamente una broma. A lo que el vendedor descubriendo que era uno de los habituales estudiantes, que pasaban por el lugar no soportó el susto que le había dejado en algunos instantes paralizado y frío como el hielo. Así, que sacó su mano derecha y la descargó en la cara del supuesto atracador. Ya con un ojo colombino (colorado) pidiendo perdón, se marchó llorando hacia el bus que nos esperaba a todos sanos y salvos, mientras que el jovencito lucía un pómulo golpeado por la broma realizada al vendedor.
Jesús Hernando Camacho Mosquera.
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