Arturo, era uno de los jóvenes que solía divertirse con los compañeros, haciendo miles de bromas de toda clase. Tulio, solía castigarlo, a su vez con coscorrones y otras molestias, para vengarse de las molestias del primero. Todas las ocasiones eran graciosas y ambos se divertían, en bromas, respuestas , provocaciones etc.
Todo cambió, cuando después de unas vacaciones, Arturo que era el provocador de Tulio, llegó al colegio, con crecimiento extraordinario, que se notaba la diferencia de estatura, el estiramiento normal de alguien que crece poco a poco. Tulio, por su parte, notando la diferencia de estatura, tomó conciencia de la desventaja en las luchas y en las contiendas, que en otro tiempo se podrían lograr.
Reconociendo la desventaja con Arturo , calmó su deseo de molestar y responder, a quien después de las vacaciones, se había convertido en el gigante de la clase. Arturo, consciente de su altura y descubriendo la debilidad en la estatura de Tulio, se molestaba, le provocaba, etc.
Un día, Tulio cansado de las molestias y provocaciones de Arturo, mientras se daba la ausencia de los profesores, momentos que serían para estudiar individualmente, aprovechando el tiempo, Arturo, provoca a Tulio. Éste último conociendo la desventaja en la posible lucha, pero cansado de la provocación, tomó una silla y la lanzó, contra Arturo. Cuando la batalla arreciaba, como posible combate, Tulio corrió fuera del salón de clase para defenderse, seguido por el crecido Arturo.
La persecución, era veloz, ágil, desaforada y cercano a la destrucción. La única manera de escapar de fue ingresar a la capilla del colegio, donde dado el caso , se respetaría el lugar consagrado a la paz y a la tranquilidad de los estudiantes. Para sorpresa, algo en los ojos de Tulio, lo hizo mermar la velocidad y entrar al templo, con deseos de pedirle al Señor un milagro, al ver al santo Rector del Seminario, en un silencio profundo, orando con gran espiritualidad.
Tulio al verlo, se arrodilló piadosamente, mirando a la puerta con un ojo vigilante y con el otro ojo, mirando al santo sacerdote, que oraba profundamente al Misterio escondido. Cuando vio su cercano agresor, le indicó con malicia, que el combate era imposible, dentro de la capilla, señalando al Rector. A lo que piadosamente Arturo, se inclinó a distancia para orar y olvidar el combate, pues conocían el resultado de la contienda: Una posible expulsión del colegio, por parte del rector. Ambos estudiantes terminaron orando frente al Misterio y olvidando la contienda.
Jesús Hernando Camacho Mosquera.
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